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- Fenómeno de Raynaud
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo del Fenómeno de Raynaud Medidas conservadoras: Mantener el cuerpo caliente: Para prevenir ataques, es importante evitar la exposición al frío y los cambios bruscos de temperatura. Se recomienda el uso de guantes, calcetines, calzado cálido y ropa abrigadora. Dispositivos como calentadores de manos y pies también pueden ser útiles. Evitar el tabaco: Fumar empeora los síntomas del fenómeno de Raynaud al inducir vasoconstricción. Control del estrés: Se debe intentar reducir el estrés, ya que puede ser un desencadenante de los episodios. Ejercicio regular: Mantenerse activo mejora la circulación sanguínea y puede reducir la frecuencia de los episodios. Asesoramiento al paciente: Es fundamental proporcionar información sobre el fenómeno de Raynaud, los cuidados necesarios y recursos disponibles (como los ofrecidos por Scleroderma y Raynaud’s UK o NHS Choices Raynaud’s). Tratamiento farmacológico: Si las medidas conservadoras no logran controlar los síntomas o estos interfieren significativamente en la calidad de vida, se puede considerar el uso de nifedipina: Nifedipina: Se utiliza para prevenir los episodios vasoespásticos. Se puede iniciar con una dosis de 5 mg tres veces al día, ajustando hasta un máximo de 20 mg tres veces al día según la respuesta. Otra opción es la nifedipina de liberación modificada (10 mg una vez al día, ajustando hasta 60 mg al día). Efectos secundarios: Hasta un 75% de los pacientes pueden experimentar efectos secundarios como edema, palpitaciones, cefalea, enrojecimiento y mareos. Si la nifedipina no es bien tolerada, se puede considerar el uso de otro bloqueador de canales de calcio como amlodipina. En algunos casos, el uso de nifedipina puede ser intermitente, como durante el invierno o antes de realizar actividades al aire libre en condiciones de frío. Se debe considerar interrumpir el tratamiento periódicamente en pacientes con Raynaud primario, ya que algunos pueden entrar en remisión. Referencias: Urgencia: Si existe isquemia grave en uno o más dedos, es necesario gestionar una admisión inmediata. Derivación a reumatología: Se recomienda referir a personas con sospecha de Raynaud secundario (por ejemplo, en pacientes con enfermedades del tejido conectivo), y a niños menores de 12 años que presenten el fenómeno de Raynaud. También se debe considerar la derivación si los síntomas son graves, empeoran o no responden al tratamiento conservador. Diagnóstico El diagnóstico del fenómeno de Raynaud se realiza principalmente a partir de la historia clínica y el examen físico. La presencia de cambios de color en los dedos desencadenados por el frío o el estrés emocional es clave para el diagnóstico. Historia clínica: Cambios en el color de los dedos: Se debe preguntar al paciente si experimenta palidez seguida de cianosis o eritema. Estos cambios suelen comenzar en la punta de los dedos y avanzar hacia abajo. Síntomas adicionales: Los pacientes pueden experimentar entumecimiento, hormigueo o dolor en las zonas afectadas. Factores desencadenantes: El frío y el estrés emocional son los principales desencadenantes. Frecuencia y severidad: Se debe indagar sobre la frecuencia de los episodios y si estos están asociados con complicaciones, como ulceraciones. Antecedentes médicos y familiares: Es importante evaluar si existe una historia familiar de Raynaud o de trastornos del tejido conectivo, y revisar el uso de medicamentos que puedan empeorar los síntomas, como los betabloqueadores. Historia ocupacional: Algunos pacientes pueden estar expuestos a factores ocupacionales que agravan los síntomas, como la vibración de las manos (síndrome de vibración mano-brazo). Examen físico: Piel y uñas: Se deben buscar signos de isquemia digital, como ulceraciones o gangrena, y observar características que sugieran enfermedades subyacentes, como esclerodactilia en la esclerosis sistémica. Capilaroscopia: La evaluación de los capilares del lecho ungueal con un dermatoscopio puede revelar alteraciones indicativas de enfermedades del tejido conectivo. Pulsos periféricos: Verificar la presencia de pulsos en ambas extremidades superiores para descartar causas vasculares de los síntomas. Pruebas complementarias: Analítica de sangre: Se recomienda realizar pruebas como hemograma completo, velocidad de sedimentación globular (VSG) y anticuerpos antinucleares (ANA), especialmente si se sospecha Raynaud secundario. Investigaciones adicionales: Dependiendo de la sospecha clínica, se pueden solicitar pruebas específicas para detectar enfermedades subyacentes, como pruebas inmunológicas para esclerosis sistémica o lupus. Diagnóstico Diferencial El fenómeno de Raynaud comparte características con varias condiciones que afectan la circulación periférica. Entre los diagnósticos diferenciales se incluyen: Perionixis (sabañones): Inflamación dolorosa y eritematosa de los dedos después de la exposición al frío. Acrocianosis: Cianosis persistente de las manos o pies que empeora con el frío. Eritromelalgia: Enrojecimiento y dolor en las manos o pies debido a una dilatación vascular paroxística. Vasculitis: Inflamación de los vasos sanguíneos que puede causar isquemia digital. Oclusión vascular: Condiciones como embolias o trombosis que afectan el flujo sanguíneo en las extremidades. Definición El fenómeno de Raynaud es un trastorno vasoespástico caracterizado por episodios de constricción de las arterias y arteriolas, generalmente en los dedos, lo que provoca cambios en el color de la piel. Estos episodios suelen desencadenarse por el frío o el estrés emocional y se manifiestan como una secuencia de tres fases: palidez (por la reducción del flujo sanguíneo), seguida de cianosis (por la desoxigenación de la sangre) y, finalmente, rubor (por la hiperemia reactiva). El fenómeno de Raynaud se clasifica en dos tipos: Raynaud primario (idiopático): Ocurre sin una causa subyacente aparente. Representa el 80-90% de los casos. Raynaud secundario: Se asocia con enfermedades subyacentes, como los trastornos del tejido conectivo (por ejemplo, esclerosis sistémica o lupus eritematoso sistémico). Este tipo suele ser más grave y puede llevar a complicaciones como isquemia digital, ulceración o necrosis.
- Ciática (radiculopatía lumbar)
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de la Ciática (radiculopatía lumbar) Manejo conservador: Para la mayoría de las personas con ciática sin signos de alerta (red flags), el tratamiento inicial es conservador, ya que en muchos casos los síntomas mejoran de forma espontánea: Autocuidado y educación: Explicar que la ciática generalmente se resuelve con el tiempo, y alentar a los pacientes a mantener la actividad física y continuar con sus actividades diarias, incluidas las laborales. Se debe evitar el reposo prolongado en cama, que puede empeorar la rigidez muscular y el dolor. Ejercicio: Los programas de ejercicio físico, supervisados por un fisioterapeuta, pueden incluir actividades como ejercicios de fortalecimiento y estiramiento, que ayudan a reducir el dolor y mejorar la función. El objetivo es promover la movilidad y fortalecer la musculatura de soporte. Analgésicos: Los antiinflamatorios no esteroideos (AINEs), como ibuprofeno o naproxeno, pueden aliviar el dolor. Se debe optar por la menor dosis efectiva para minimizar los efectos adversos. Si no se toleran los AINEs, se puede usar paracetamol. Intervenciones psicológicas: Para aquellos con factores de riesgo psicosocial, como miedo al movimiento, depresión o ansiedad, se debe considerar la terapia cognitivo-conductual como parte de un enfoque multidisciplinario. Promover el retorno al trabajo: Facilitar el regreso a las actividades normales, incluidas las laborales, lo antes posible. En algunos casos, puede ser necesario ajustar temporalmente las actividades laborales para evitar movimientos que exacerben los síntomas. Herramientas de evaluación: Utilizar la herramienta STarT Back para estratificar el riesgo y guiar el tratamiento. Esta herramienta ayuda a clasificar a los pacientes en bajo, medio o alto riesgo de desarrollar discapacidad a largo plazo. Las personas con alto riesgo pueden requerir un tratamiento más intensivo, mientras que aquellas con bajo riesgo pueden beneficiarse de un enfoque más simple y menos intensivo. Tratamiento de síntomas persistentes: Si los síntomas no mejoran o empeoran después de 4 a 6 semanas, se debe reevaluar el diagnóstico y considerar opciones adicionales de tratamiento: Programas combinados físicos y psicológicos: Incorporar un enfoque cognitivo-conductual en combinación con ejercicio físico para abordar los factores psicológicos y emocionales que pueden estar contribuyendo al dolor persistente. Referencias: Las inyecciones epidurales de corticoides pueden ser consideradas en algunos casos, y en situaciones de dolor radicular grave y persistente, se puede indicar la cirugía de descompresión espinal. Red flags (signos de alerta): La presencia de signos de alerta, como disfunción de la vejiga o intestino, anestesia en silla de montar, debilidad progresiva o dolor incapacitante, requiere derivación inmediata para evaluación urgente y tratamiento especializado. Diagnóstico El diagnóstico de ciática se basa en una combinación de síntomas clínicos, historia médica detallada y examen físico. Historia clínica: Dolor irradiado: Dolor unilateral que se irradia desde la parte baja de la espalda o el glúteo hacia la pierna, pasando por debajo de la rodilla y, en algunos casos, hasta los dedos del pie. Parestesias: Hormigueo o entumecimiento en la distribución del nervio afectado (dermatoma). Debilidad muscular: Pérdida de fuerza en los músculos inervados por el nervio afectado (miotoma), como la dorsiflexión del pie en casos de afectación de la raíz L5. Factores de riesgo: Preguntar sobre antecedentes de hernias discales, estenosis espinal, traumatismos, comorbilidades (como obesidad o diabetes), y factores ocupacionales que impliquen movimientos repetitivos o carga física. Examen físico: Observación de la marcha y postura: Evaluar la capacidad del paciente para caminar y observar la postura, buscando alteraciones que sugieran compensación por dolor. Movilidad de la columna lumbar: Se solicita al paciente que realice movimientos de flexión, extensión y lateroflexión para evaluar el rango de movimiento. El dolor que se exacerba con la flexión lumbar puede indicar una hernia discal. Test de elevación de la pierna recta (Lasègue): El test es positivo cuando la elevación de la pierna con la rodilla extendida reproduce el dolor ciático antes de los 60 grados de flexión de la cadera. Evaluación neurológica: Evaluar la sensibilidad, reflejos y fuerza muscular en la distribución de las raíces nerviosas afectadas. La pérdida de reflejos puede indicar compresión radicular significativa. Evaluación de banderas rojas: Es esencial identificar signos que sugieran condiciones graves, como: Síndrome de cauda equina: Incluye retención urinaria, anestesia en silla de montar y debilidad progresiva de las extremidades inferiores. Fractura vertebral: Antecedentes de trauma mayor o menor en pacientes con osteoporosis. Infección espinal: Fiebre, antecedentes de infección reciente o uso de drogas intravenosas. Cáncer espinal: Dolor persistente no relacionado con la actividad física, pérdida de peso inexplicada y antecedentes de cáncer. Diagnóstico Diferencial El diagnóstico diferencial de la ciática incluye una amplia gama de condiciones, como: Trastornos neurológicos: Mielopatía, neuropatías periféricas, como la compresión del nervio peroneo en la rodilla. Enfermedades sistémicas: Neoplasias metastásicas (principalmente de mama, pulmón y próstata), sacroilitis en espondiloartritis y aneurismas aórticos. Otras condiciones: Enfermedades articulares como la osteoartritis de cadera, infecciones renales (pielonefritis), y patologías viscerales como pancreatitis o prostatitis. Definición La ciática es un trastorno caracterizado por dolor que se irradia desde la parte baja de la espalda o la región glútea hacia la pierna, siguiendo el trayecto del nervio ciático. Este dolor es causado por la compresión o irritación de las raíces nerviosas lumbosacras (L4-S1). Los síntomas comunes incluyen dolor irradiado, parestesias (hormigueo o entumecimiento), y pérdida de fuerza en la pierna afectada. La causa más común es la hernia discal, responsable de aproximadamente el 90% de los casos, aunque también puede ser provocada por estenosis espinal, espondilolistesis o, en casos raros, infecciones y cánceres que comprometen la columna lumbar.
- Dolor de cuello - Radiculopatía cervical
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de Dolor de cuello - Radiculopatía cervical Tratamiento conservador: Para personas con radiculopatía cervical que ha estado presente por menos de 4-6 semanas y no presentan signos neurológicos objetivos, se recomienda el manejo conservador, que incluye: Reaseguramiento y educación: Explicar al paciente que la radiculopatía cervical suele mejorar sin necesidad de cirugía. Proporcionar información sobre el proceso de la enfermedad, los factores de riesgo y el pronóstico, que en general es favorable. Alentar la actividad: Se recomienda continuar con las actividades diarias normales, incluida la actividad física moderada. El ejercicio y el movimiento son clave para evitar la rigidez y la cronicidad del dolor. Aconsejar evitar el uso de collares cervicales, ya que estos pueden prolongar los síntomas al restringir la movilidad. Ejercicios en casa: Se pueden prescribir ejercicios suaves de fortalecimiento y estiramiento para el cuello y la columna cervical, que deben realizarse con regularidad para mejorar la flexibilidad y la fuerza. Medicamentos analgésicos orales: Los analgésicos de primera línea incluyen antiinflamatorios no esteroideos (AINEs) como el ibuprofeno o naproxeno, así como paracetamol. En casos de dolor severo, se pueden usar opioides débiles como la codeína en combinación con otros analgésicos. Tratamiento del dolor neuropático: Si el dolor tiene características neuropáticas (como ardor, hormigueo o descarga eléctrica), se puede considerar el uso de amitriptilina, duloxetina, pregabalina o gabapentina. Estos medicamentos actúan sobre el dolor neuropático y pueden ayudar a aliviar los síntomas. Referir para fisioterapia: Los pacientes pueden beneficiarse de sesiones con un fisioterapeuta, quien puede ofrecer técnicas de terapia manual y ejercicios especializados para el dolor cervical y la radiculopatía. Indicación de imágenes y derivación: Imágenes no son necesarias rutinariamente, pero se pueden solicitar si los síntomas persisten más de 4-6 semanas o si hay signos neurológicos objetivos. La resonancia magnética (RM) es el estudio de elección para identificar compresión de raíces nerviosas, hernias discales o cualquier alteración estructural que cause radiculopatía. Los estudios de rayos X o tomografías computarizadas pueden ser útiles si se sospecha de otros problemas estructurales o lesiones óseas. Referir a especialistas si los síntomas no mejoran con el manejo conservador, si hay signos de deterioro neurológico progresivo o si se identifican signos de alerta (“red flags”) como compresión medular, infecciones, o neoplasias. Intervenciones invasivas: Para pacientes que no responden al tratamiento conservador, se pueden considerar intervenciones invasivas como: Inyecciones epidurales de corticoides o anestésicos locales. Cirugía de columna cervical en casos graves con compresión severa de las raíces nerviosas, dolor incapacitante o debilidad muscular progresiva. Diagnóstico El diagnóstico de la radiculopatía cervical requiere una evaluación clínica exhaustiva. Esto incluye: Historia clínica: Síntomas: Indagar sobre dolor en el cuello, brazos y hombros que sigue un patrón dermatómico, es decir, que coincide con el área de inervación de una raíz nerviosa. Otros síntomas incluyen alteraciones sensoriales como entumecimiento o sensación de hormigueo, así como debilidad muscular. Ocupación e historia previa: Preguntar sobre actividades ocupacionales o deportivas que puedan haber contribuido a la compresión cervical, así como lesiones previas o infecciones. Evaluar factores de riesgo: La presencia de cáncer previo, fiebre o infecciones recientes debe generar sospecha de patologías más graves como infecciones o malignidades. Examen físico: Inspección y palpación del cuello: Evaluar la movilidad del cuello y buscar zonas de sensibilidad o espasmos musculares. Pruebas neurodinámicas: Varias pruebas pueden ayudar a confirmar el diagnóstico de radiculopatía cervical, como: Prueba de Spurling: Flexionar y rotar el cuello mientras se aplica presión sobre la cabeza; si esto reproduce el dolor radicular en el brazo, el resultado es positivo. Prueba de compresión del brazo: Comprimir el tercio medio del brazo y observar si se incrementa significativamente el dolor en comparación con otras áreas. Pruebas de función neurológica: Evaluar la fuerza muscular, reflejos y sensibilidad en los brazos para identificar la raíz nerviosa afectada. Signos de alerta: Síntomas graves: La presencia de fiebre, sudores nocturnos, pérdida de peso inexplicada, dolor severo nocturno, o signos de mielopatía cervical (como debilidad progresiva, hiperreflexia o pérdida del control de esfínteres) indican la necesidad de evaluación urgente. Diagnóstico Diferencial Es esencial diferenciar la radiculopatía cervical de otras condiciones que pueden causar síntomas similares, tales como: Hernia discal aguda: Puede causar compresión radicular severa. Tortícolis aguda: Dolor cervical relacionado con espasmos musculares sin causa subyacente evidente. Trauma cervical: Como el latigazo cervical, que causa dolor debido a una lesión traumática. Infecciones: Meningitis o infecciones locales pueden causar rigidez y dolor en el cuello. Neoplasias: Tumores en la columna cervical o en los tejidos adyacentes pueden comprimir las raíces nerviosas cervicales. Definición La radiculopatía cervical es una condición neurológica en la que la conducción a lo largo de una raíz nerviosa cervical o de sus nervios espinales se ve limitada o bloqueada, típicamente debido a la compresión o irritación de la raíz nerviosa. Esta compresión suele ser causada por hernias discales cervicales o cambios degenerativos en la columna cervical, como la espondilosis. Los pacientes experimentan dolor cervical que se irradia hacia los hombros, brazos y manos, siguiendo el patrón de un dermatoma específico (zona de inervación de la raíz nerviosa afectada). Otros síntomas incluyen entumecimiento, hormigueo y, en algunos casos, debilidad muscular en el brazo afectado.
- Pielonefritis aguda
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de la Pielonefritis aguda El manejo de la pielonefritis aguda incluye: Antibióticos: Todos los pacientes con pielonefritis aguda deben recibir tratamiento antibiótico adecuado, que puede iniciarse empíricamente y luego ajustarse según los resultados del cultivo de orina. Para mujeres no embarazadas, hombres y personas con catéteres permanentes, las opciones de tratamiento antibiótico incluyen: Ciprofloxacina 500 mg dos veces al día durante 7 días. Trimetoprima 200 mg dos veces al día durante 14 días. Co-amoxiclav 500/125 mg tres veces al día durante 7-10 días. Cefalexina 500 mg dos o tres veces al día (hasta 1-1.5 g tres o cuatro veces al día en infecciones graves) durante 7-10 días. Para mujeres embarazadas que no requieren hospitalización, se recomienda Cefalexina 500 mg dos o tres veces al día (hasta 1-1.5 g tres o cuatro veces al día en infecciones graves) durante 7-10 días. Una vez obtenidos los resultados del cultivo y la sensibilidad, se debe ajustar el antibiótico si es necesario, utilizando uno de espectro reducido si es posible. Hospitalización: Las personas con síntomas severos o signos de una enfermedad grave (como sepsis), deshidratación significativa o incapacidad para tomar líquidos y medicamentos deben ser admitidas en el hospital. También deben ser hospitalizadas las personas con alto riesgo de complicaciones, como aquellas con anomalías estructurales o funcionales del tracto genitourinario, diabetes mellitus, inmunosupresión, insuficiencia renal aguda o crónica, o si los síntomas persisten o empeoran a pesar del tratamiento con antibióticos. Seguimiento y reevaluación: El paciente debe ser reevaluado si los síntomas empeoran en cualquier momento o no mejoran dentro de las 48 horas después de comenzar el tratamiento con antibióticos. Se debe considerar el diagnóstico de otras posibles afecciones o la necesidad de ajustar el tratamiento antibiótico. Se debe proporcionar al paciente información sobre el uso adecuado de los antibióticos, los posibles efectos secundarios (como diarrea y náuseas) y cuándo buscar ayuda médica (por ejemplo, si los síntomas empeoran o no mejoran en 48 horas). También se recomienda el uso de analgésicos como paracetamol y la ingesta adecuada de líquidos para evitar la deshidratación. Referencia: Las personas que no mejoran con el tratamiento antibiótico, presentan síntomas recurrentes o tienen complicaciones deben ser remitidas para una evaluación especializada. Se debe considerar la referencia para personas con riesgo elevado de complicaciones, como las que presentan anomalías del tracto urinario o inmunosupresión. Las personas embarazadas con pielonefritis deben ser tratadas con mayor precaución debido al riesgo de complicaciones como el parto prematuro. Diagnóstico El diagnóstico de pielonefritis aguda implica: Historia clínica y examen físico: La pielonefritis debe sospecharse en personas con síntomas de infección del tracto urinario (por ejemplo, disuria, frecuencia, urgencia) junto con signos de infección sistémica como fiebre, náuseas, vómitos o dolor en el flanco. El diagnóstico de pielonefritis aguda generalmente se basa en la combinación de síntomas urinarios y sistémicos. Pruebas de laboratorio: Se debe recolectar una muestra de orina para cultivo y sensibilidad antes de comenzar el tratamiento con antibióticos. El análisis de orina con tira reactiva puede ser útil como guía diagnóstica, aunque no se recomienda en personas con catéteres permanentes o en mayores de 65 años. El diagnóstico definitivo se realiza cuando hay dolor en el flanco y/o fiebre, y una infección urinaria se confirma mediante el cultivo de un patógeno en la orina, excluyendo otras causas de dolor en el flanco o fiebre. Diagnóstico diferencial: El diagnóstico diferencial incluye una variedad de afecciones que pueden causar síntomas similares, tales como: Infección del tracto urinario inferior. Prostatitis aguda. Enfermedades ginecológicas, como la enfermedad inflamatoria pélvica. Trastornos musculoesqueléticos que afectan la región costovertebral. Neumonía del lóbulo inferior. Cólico renal. Herpes zóster. Diagnóstico Diferencial Las condiciones que pueden simular los síntomas de la pielonefritis aguda incluyen: Infecciones del tracto urinario bajo: la infección que afecta la vejiga y la uretra generalmente no presenta síntomas sistémicos graves como fiebre o dolor en el flanco. Prostatitis aguda: en los hombres, una infección aguda de la próstata puede causar síntomas urinarios y dolor pélvico o en el periné, que puede confundirse con el dolor del flanco de la pielonefritis. Condiciones ginecológicas: enfermedades como la enfermedad inflamatoria pélvica pueden provocar dolor abdominal bajo y fiebre, pero suelen asociarse con síntomas ginecológicos. Trastornos musculoesqueléticos: el dolor en la región costovertebral puede ser causado por problemas musculares o articulares, aunque no se asocia con fiebre ni síntomas urinarios. Neumonía del lóbulo inferior: la neumonía localizada en los lóbulos inferiores del pulmón puede causar dolor pleurítico y fiebre, lo que podría confundirse con pielonefritis. Cólico renal: la presencia de cálculos renales puede causar dolor intenso en el flanco, pero no está asociado con fiebre o signos de infección sistémica. Definición La pielonefritis aguda es una infección bacteriana que afecta uno o ambos riñones, generalmente originada en una infección del tracto urinario inferior, como la cistitis. Las bacterias ascienden desde la vejiga hacia los riñones, causando inflamación del tejido renal. La bacteria más comúnmente responsable es Escherichia coli, que se encuentra en el 60-80% de las infecciones no complicadas. Si no se trata de manera oportuna, la pielonefritis puede derivar en complicaciones graves, como sepsis, abscesos renales o cicatrices permanentes en los riñones.
- Embolia pulmonar
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de Embolia pulmonar El manejo de la embolia pulmonar (EP) en atención primaria y secundaria incluye: Ingreso hospitalario inmediato para personas con sospecha de EP si presentan signos de inestabilidad hemodinámica, como: Paro cardíaco. Shock obstructivo (presión arterial sistólica menor a 90 mmHg). Hipotensión persistente (presión arterial sistólica menor a 90 mmHg o una caída de 40 mmHg durante más de 15 minutos). Personas embarazadas o que hayan dado a luz en las últimas 6 semanas. Puntaje de Wells: Se utiliza para estimar la probabilidad de EP. Si el puntaje es superior a 4 puntos (EP probable), se debe organizar una angiografía pulmonar por tomografía computarizada (CTPA) inmediatamente. Si no se puede realizar de inmediato, se debe iniciar anticoagulación terapéutica temporal hasta que se realice la CTPA. Si el puntaje es 4 o menor (EP improbable), se debe solicitar un test de dímero-D. Si el resultado es positivo, se debe realizar una CTPA; si es negativo, se puede detener la anticoagulación y considerar un diagnóstico alternativo. Tratamiento anticoagulante: Apixabán o rivaroxabán son los anticoagulantes de primera elección. Si no son adecuados, se puede usar heparina de bajo peso molecular (HBPM) durante al menos 5 días, seguido de dabigatrán o edoxabán, o HBPM con antagonistas de vitamina K como warfarina. Seguimiento en atención primaria: Monitorear el tratamiento anticoagulante y asegurarse de que la persona reciba la información necesaria sobre su tratamiento, incluyendo una tarjeta de alerta anticoagulante. Para aquellos con EP no provocada, se deben realizar investigaciones para descartar cáncer no diagnosticado y pruebas de trombofilia hereditaria en ciertos casos. Diagnóstico La embolia pulmonar debe sospecharse en personas con los siguientes síntomas, especialmente si tienen factores de riesgo: Disnea (50% de los casos), que puede ser aguda y severa en casos de EP central o leve y transitoria en EP periférica. Dolor torácico pleurítico (39%), normalmente localizado en un solo lado. Hemoptisis. Síncope o presíncope. Taquipnea (21-39%). Signos de trombosis venosa profunda (TVP), como dolor o hinchazón en las piernas. Se debe realizar un historial médico, un examen físico y pruebas como radiografías de tórax o electrocardiogramas para descartar otras causas de los síntomas, como neumonía o síndrome coronario agudo. Sin embargo, no se debe retrasar el manejo mientras se esperan los resultados. Diagnóstico Diferencial Las condiciones que pueden causar síntomas similares a la embolia pulmonar incluyen: Condiciones respiratorias: bronquitis aguda, exacerbación aguda de asma o EPOC, neumonía, neumotórax. Causas cardíacas: síndrome coronario agudo, insuficiencia cardíaca congestiva, disección aórtica, taponamiento cardíaco, pericarditis. Dolor musculoesquelético. Trastornos gastrointestinales: reflujo gastroesofágico. Colapso: arritmias cardíacas, accidente cerebrovascular, síncope vasovagal, hipotensión postural. Fuentes no trombóticas de émbolos incluyen aire, líquido amniótico, grasa, cuerpos extraños y sepsis. Definición La embolia pulmonar (EP) es una condición potencialmente mortal en la que uno o más émbolos, generalmente provenientes de un coágulo sanguíneo formado en las venas (trombosis venosa profunda o TVP), se alojan y obstruyen el sistema arterial pulmonar. Esto causa una disfunción respiratoria severa. Las EP pueden ser provocadas por factores transitorios como cirugía reciente o inmovilidad prolongada, o no provocadas cuando no existe un factor desencadenante claro. Si no se trata, la EP tiene un pronóstico pobre y alto riesgo de mortalidad.
- Piojos púbicos
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de los Piojos púbicos El manejo de la infestación por piojos púbicos (pediculosis pubis) en atención primaria incluye varios pasos importantes, que abordan tanto el tratamiento directo de la infestación como las medidas para prevenir la reinfestación y la transmisión a otras personas: Tratamiento con insecticidas tópicos: Permetrina 5% en crema o malatión 0.5% en solución acuosa son los tratamientos de primera línea para la infestación en áreas del cuerpo que no incluyan las pestañas. Estos productos deben aplicarse en todo el cuerpo, especialmente en la región púbica, perianal, muslos internos y cualquier otra área infestada de vello grueso. Se debe dejar el producto durante 8-12 horas antes de lavarlo. En infestaciones que incluyen las pestañas, se debe utilizar un ungüento oftálmico oclusivo (como parafina) aplicado dos veces al día durante 8-10 días para matar los piojos. En adultos, se puede aplicar permetrina 1% en las pestañas, con cuidado de mantener los ojos cerrados y lavar el producto después de 10 minutos. Medidas de prevención: Es fundamental proporcionar al paciente información clara sobre cómo aplicar correctamente el tratamiento para maximizar su eficacia. Instruir al paciente a lavar a temperaturas superiores a 50°C o sellar en una bolsa de plástico durante 2 semanas la ropa, sábanas y toallas que han estado en contacto con la persona infestada. También es importante evitar el contacto cercano con otras personas hasta que el tratamiento se haya completado satisfactoriamente, para prevenir la transmisión de los piojos. Evaluación de infecciones de transmisión sexual (ITS): Si la infestación fue adquirida a través de contacto sexual, se recomienda remitir al paciente a una clínica de medicina genitourinaria (GUM) para realizar un rastreo de contactos sexuales y realizar pruebas para otras infecciones de transmisión sexual (como clamidia, gonorrea, VIH y sífilis), ya que los piojos púbicos frecuentemente se asocian con prácticas sexuales. Seguimiento y tratamiento adicional: Se debe realizar un control a la semana de haber terminado el tratamiento para confirmar que todos los piojos han sido erradicados. Si persisten los piojos, se debe verificar que el paciente haya aplicado correctamente el tratamiento y, de no haberlo hecho, repetir el mismo tratamiento. Si el tratamiento fue aplicado correctamente, se debe usar un insecticida alternativo. En caso de infestación crónica o resistencia al tratamiento, se recomienda buscar asesoría especializada o remitir a un dermatólogo o una clínica de ITS. Consideración en niños: La presencia de piojos púbicos en niños puede ser un indicador de abuso sexual, aunque no necesariamente. Los piojos pueden transmitirse a través del contacto cercano no sexual. Sin embargo, ante cualquier sospecha, se debe evaluar cuidadosamente la situación y, si es necesario, seguir los procedimientos correspondientes para la protección del menor. Diagnóstico El diagnóstico de la pediculosis púbica se basa en una evaluación clínica cuidadosa, la cual incluye: Historia clínica: Es fundamental indagar sobre los síntomas del paciente, siendo el prurito genital el síntoma más común, que suele empeorar durante la noche. Se debe determinar si el paciente adquirió la infestación por contacto sexual o no sexual, ya que esto guiará la necesidad de pruebas adicionales para ITS. Examen físico: El diagnóstico se confirma mediante la observación directa de piojos púbicos vivos o huevos (nits) adheridos al vello. Los piojos tienen un aspecto característico de “cangrejo”, son de color grisáceo y miden alrededor de 2 mm de longitud. También se deben buscar otros signos, como maculas azules (maculae ceruleae), pápulas rojas en los sitios de alimentación de los piojos y presencia de heces de los piojos (manchas de color óxido en la piel o en la ropa interior). Examen de otras áreas del cuerpo: Además del área púbica, se debe revisar el vello de otras áreas del cuerpo, como las axilas, el tórax, los muslos, y en casos severos, la barba, cejas y pestañas, ya que los piojos pueden colonizar estas áreas. Diagnóstico Diferencial El diagnóstico de los piojos púbicos debe diferenciarse de otras condiciones que pueden presentar síntomas similares: Piojos del cuerpo: Generalmente afectan áreas del cuerpo que no están cubiertas por ropa interior ajustada. Foliculitis: Infección de los folículos pilosos que puede producir prurito y pústulas. Piojos de la cabeza: Infestación del cuero cabelludo con Pediculus humanus capitis . Escabiosis: Infestación por ácaros que produce un prurito intenso, especialmente por la noche, con túneles en la piel. Dermatitis seborreica: Descamación del cuero cabelludo y otras áreas sebáceas. Infecciones por hongos: Como la tiña inguinal, que también puede causar irritación en el área púbica. Definición La pediculosis púbica es una infestación parasitaria causada por el ectoparásito Phthirus pubis, conocido coloquialmente como “piojo del cangrejo” debido a su apariencia similar a un cangrejo y sus garras que le permiten adherirse al vello corporal. Los piojos púbicos se alimentan de sangre y suelen encontrarse en el área púbica y perianal, aunque pueden infestar otras áreas del cuerpo con vello grueso, como las axilas, el tórax y, en casos raros, las cejas y pestañas.
- Psicosis y esquizofrenia
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de la Psicosis y esquizofrenia El manejo de la psicosis, incluidas condiciones como la esquizofrenia, se enfoca en estabilizar los síntomas y prevenir recaídas, empleando una combinación de intervenciones farmacológicas, terapias psicológicas y apoyo social. Las directrices principales para el manejo incluyen: Evaluación inicial del riesgo: Cuando se sospecha de psicosis, es esencial evaluar el riesgo de daño para la persona o para los demás. Esto incluye indagar sobre antecedentes de autolesiones, ideas suicidas, consumo de sustancias y si la persona experimenta alucinaciones “de comando” (que les ordenan actuar). También se evalúa la probabilidad de negligencia hacia personas dependientes del paciente, como niños. Intervención temprana en psicosis: Si se detecta un alto riesgo de daño, se debe gestionar una evaluación de salud mental el mismo día a través del servicio de intervención temprana en psicosis (si está disponible). Si este servicio no está disponible o el riesgo es demasiado alto, se debe remitir al equipo de resolución de crisis y tratamiento domiciliario. En los casos en que el paciente no acepta tratamiento voluntario y existe un riesgo considerable, puede ser necesaria una admisión involuntaria bajo la Ley de Salud Mental. Tratamiento farmacológico: Los antipsicóticos son el tratamiento farmacológico principal, divididos en antipsicóticos de primera generación (típicos) y segunda generación (atípicos). Los de segunda generación se prefieren generalmente por tener un menor riesgo de efectos extrapiramidales (temblores, rigidez muscular, movimientos involuntarios). Clozapina es un fármaco de segunda generación reservado para personas que no responden a dos antipsicóticos previos. El monitoreo regular es esencial debido a los riesgos de efectos secundarios graves como neutropenia y agranulocitosis. Es fundamental evaluar el riesgo de efectos secundarios graves asociados con los antipsicóticos, como aumento de peso, dislipidemia, diabetes tipo 2 y aumento de la prolactina. Terapias psicológicas: Terapia cognitivo-conductual (TCC): Ofrecida como parte del manejo integral, está diseñada para ayudar a las personas a identificar y modificar patrones de pensamiento que contribuyen a los síntomas psicóticos. Intervención familiar: Para pacientes que viven con familiares o están en contacto cercano con ellos, la intervención familiar se enfoca en la educación y el apoyo a la familia para mejorar las relaciones y reducir el estrés que podría precipitar una recaída. Terapias artísticas: A veces se utilizan para ayudar a abordar síntomas negativos como el retraimiento social y la falta de motivación. Monitoreo de la salud física: El uso prolongado de antipsicóticos puede conducir a complicaciones de salud física. Se recomienda un monitoreo regular de: Peso y circunferencia de cintura: Cada tres meses al inicio y luego anualmente. Glucosa en sangre y perfil lipídico: Cada tres meses y luego anualmente para controlar el riesgo de diabetes y dislipidemia. Función hepática y hemograma completo: Especialmente en personas bajo clozapina debido al riesgo de agranulocitosis. Seguimiento a largo plazo: El seguimiento en atención primaria debe incluir la monitorización de los síntomas, adherencia al tratamiento y cualquier signo de recaída. Los pacientes deben tener un plan de cuidados que defina qué hacer en caso de crisis y a quién contactar en situaciones de emergencia. Diagnóstico El diagnóstico de psicosis se basa en la identificación de síntomas tanto positivos como negativos. Las características principales incluyen: Síntomas positivos: Alucinaciones: Percepciones sin un estímulo externo, siendo las auditivas las más comunes. Pueden incluir voces que comentan las acciones del individuo o le ordenan actuar de manera peligrosa. Delirios: Creencias falsas mantenidas firmemente, a menudo relacionadas con la persecución, el control externo o el pensamiento mágico. Comportamiento y pensamiento desorganizado: Habla incoherente, comportamientos impredecibles o pensamientos que carecen de secuencia lógica. Síntomas negativos: Aplanamiento afectivo: Reducción de la expresión emocional. Falta de motivación (abulia) y retiro social. Auto-negligencia: Descuidar la higiene personal y otras actividades de la vida diaria. El diagnóstico de la esquizofrenia, el trastorno psicótico más común, requiere la presencia de estos síntomas durante al menos un mes, con un impacto significativo en el funcionamiento social o laboral. Periodo prodrómico: La psicosis puede estar precedida por un período prodrómico de días a meses, caracterizado por cambios en el comportamiento y deterioro del funcionamiento social o personal. Este es un período crítico para la intervención temprana, que puede retrasar o prevenir la transición a la psicosis plena. Evaluación médica: Es importante realizar una evaluación exhaustiva para descartar otras causas de psicosis, como el uso de sustancias, infecciones, enfermedades neurológicas o efectos secundarios de medicamentos. Diagnóstico diferencial El diagnóstico diferencial para los trastornos psicóticos es amplio e incluye: Trastornos afectivos severos con síntomas psicóticos: Como la depresión mayor con características psicóticas o el trastorno bipolar. Estos se distinguen por la predominancia de síntomas afectivos (depresivos o maníacos) con episodios psicóticos secundarios. Psicosis inducida por sustancias: El abuso de drogas como cannabis, cocaína, anfetaminas, y ciertos medicamentos (por ejemplo, corticosteroides a dosis altas) puede causar síntomas psicóticos que generalmente desaparecen después de interrumpir la sustancia. Trastornos médicos: Infecciones como la sepsis, que puede causar delirios y confusión en personas previamente sanas. Enfermedades neurológicas como la epilepsia del lóbulo temporal o los tumores cerebrales que pueden causar alucinaciones y delirios. Trastorno de estrés postraumático (TEPT): Puede involucrar flashbacks con características alucinatorias y paranoia, pero se diferencia de los trastornos psicóticos por la presencia de un evento traumático desencadenante. Trastorno obsesivo-compulsivo (TOC): Los pacientes con TOC pueden tener creencias irracionales, pero están relacionadas con miedos específicos y generalmente no incluyen delirios amplios o alucinaciones. Trastorno del espectro autista: Los síntomas como el retraimiento social o la falta de comunicación pueden parecerse a los de la psicosis, pero se distinguen por la presencia de comportamientos repetitivos y dificultades de interacción social desde la infancia. Definición La psicosis es un conjunto de síntomas caracterizados por una alteración significativa en la percepción, los pensamientos, el estado de ánimo y el comportamiento. Las personas que experimentan psicosis pueden presentar una combinación variable de síntomas positivos y negativos, incluyendo: Síntomas positivos: Alucinaciones: Percepciones sin estímulo externo, siendo las más comunes las auditivas (voces). Delirios: Creencias falsas o fijas, como delirios de persecución, grandeza o control externo. Comportamiento desorganizado: Conductas caóticas o ilógicas. Síntomas negativos: Aplanamiento afectivo: Reducción de la expresión emocional y la iniciativa. Retraimiento social y pérdida de motivación. La esquizofrenia, el trastorno psicótico más común, se define por la presencia de estos síntomas durante al menos un mes y con un deterioro significativo en las áreas sociales o laborales.
- Psoriasis
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de la Psoriasis El manejo de la psoriasis depende de la gravedad, el tipo de psoriasis, el impacto en la calidad de vida del paciente y la presencia de comorbilidades. Los enfoques de tratamiento incluyen: Tratamientos tópicos: Son la primera línea en psoriasis leve a moderada. Emolientes: Ayudan a suavizar las placas y a reducir la sequedad y descamación. Corticosteroides tópicos: Se usan en áreas localizadas y en cursos cortos, variando la potencia según la gravedad y la ubicación de las lesiones. Ointments son preferibles en áreas gruesas o con mucha escama, mientras que cremas y lociones se utilizan en zonas más delicadas o con menos escama. Análogos de vitamina D: Como el calcipotriol, que se puede combinar con corticosteroides para mayor eficacia. Alquitrán de hulla y ácido salicílico: Se usan para suavizar la piel y eliminar escamas en zonas como el cuero cabelludo. Inhibidores de calcineurina: Como el tacrolimus o pimecrolimus, utilizados en áreas sensibles como la cara o los pliegues cutáneos. Fototerapia: Utilizada en psoriasis moderada a grave o cuando los tratamientos tópicos no son efectivos. La UVB de banda estrecha es la opción preferida, y la PUVA (psoralenos + UVA) se reserva para casos más graves o resistentes. La fototerapia se administra bajo supervisión médica y puede requerir varias sesiones semanales. Terapia sistémica: Indicada en casos de psoriasis extensa, refractaria o que afecta significativamente la calidad de vida. Metotrexato: Inmunosupresor que puede ser efectivo para reducir la inflamación y la proliferación celular en la piel y las articulaciones. Ciclosporina: Usada en casos graves por su potente acción inmunosupresora, aunque de uso limitado por sus efectos secundarios. Retinoides orales: Como la acitretina, especialmente útil en psoriasis pustulosa o eritrodérmica. Biológicos: Fármacos dirigidos a moléculas específicas del sistema inmunológico, como los inhibidores de TNF-α (adalimumab, infliximab) o los inhibidores de interleucinas (IL-12/23, IL-17, IL-23). Estos tratamientos se reservan para psoriasis grave o resistente. Modificaciones del estilo de vida: Cese del tabaco: Es crucial ya que fumar está asociado con un mayor riesgo de exacerbaciones, especialmente en psoriasis pustulosa. Reducción del consumo de alcohol: El alcohol puede agravar los síntomas y aumentar el riesgo de complicaciones. Control del peso: La obesidad está asociada con mayor severidad de la psoriasis, por lo que la pérdida de peso puede mejorar el control de la enfermedad. Manejo del estrés: Es importante ya que el estrés es un desencadenante común de los brotes de psoriasis. Manejo de comorbilidades: Las personas con psoriasis, especialmente si es grave, tienen mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2, hipertensión, dislipidemia y síndrome metabólico. Por tanto, es esencial evaluar y manejar estos factores de riesgo, además de realizar evaluaciones cardiovasculares regulares. Salud mental: Los pacientes con psoriasis pueden experimentar depresión, ansiedad y baja autoestima debido al impacto de la enfermedad en su vida diaria. Es importante proporcionar apoyo psicológico y, cuando sea necesario, tratamiento para los trastornos del estado de ánimo. Monitoreo y seguimiento: Se debe realizar un seguimiento regular del paciente para evaluar la respuesta al tratamiento, ajustar las terapias si es necesario y detectar posibles efectos secundarios, especialmente en aquellos en tratamiento sistémico o con biológicos. Diagnóstico El diagnóstico de psoriasis es principalmente clínico y se basa en la observación de las características típicas de las lesiones cutáneas. Historia clínica: Ubicación y extensión de las lesiones: La psoriasis afecta comúnmente las superficies extensoras (codos, rodillas), cuero cabelludo, zona lumbar, pliegues y el área genital. También puede involucrar las uñas (onicólisis, pitting) y las articulaciones. Síntomas: Picor, irritación, dolor, descamación y engrosamiento de la piel son comunes. En casos más graves, puede haber fisuras y sangrado. Patrón de brotes: La psoriasis suele seguir un curso crónico con brotes intermitentes y períodos de remisión. Factores desencadenantes: Infecciones (estreptococo en psoriasis guttata), trauma cutáneo (fenómeno de Koebner), estrés, consumo de alcohol, tabaco, ciertos medicamentos como betabloqueantes, litio o la retirada brusca de corticosteroides. Antecedentes familiares: Existe una fuerte predisposición genética en la psoriasis, con hasta el 40-50% de los pacientes reportando antecedentes familiares. Examen físico: Lesiones cutáneas: Placas eritematosas bien delimitadas, cubiertas por escamas plateadas o blancas. El signo de Auspitz, donde al raspar una placa aparece sangrado puntiforme, es característico. Signo de Koebner: Aparición de lesiones psoriásicas en áreas de traumatismo cutáneo. Involucramiento ungueal: La psoriasis puede causar cambios en las uñas, como pitting (pequeñas depresiones), onicólisis (desprendimiento de la uña), o decoloración amarillenta conocida como “mancha de aceite”. Evaluación de articulaciones: Para detectar artritis psoriásica, es importante preguntar por dolor, hinchazón o rigidez articular, especialmente en los dedos y columna. Diagnóstico clínico: En la mayoría de los casos, el diagnóstico se hace basado en los hallazgos clínicos, y no suelen requerirse pruebas adicionales. Sin embargo, en casos atípicos o cuando se sospecha otra condición, puede realizarse una biopsia cutánea. Herramientas de evaluación: Se pueden usar escalas como el Índice de Severidad del Área de Psoriasis (PASI) para medir la extensión y severidad de la psoriasis, y herramientas como el Índice de Calidad de Vida Dermatológica (DLQI) para evaluar el impacto en la vida diaria. Diagnóstico Diferencial La psoriasis puede compartir características con otras enfermedades cutáneas. Entre los diagnósticos diferenciales más comunes están: Dermatitis seborreica: Lesiones escamosas y eritematosas mal delimitadas, especialmente en el cuero cabelludo y la cara. Infecciones fúngicas: Las infecciones micóticas como la tiña pueden parecerse a la psoriasis, pero suelen tener bordes más activos y aclaramiento central. Eccema o dermatitis atópica: Las lesiones de eccema tienden a ser menos bien delimitadas que las de la psoriasis y pueden afectar las superficies flexoras en lugar de las extensoras. Lupus eritematoso discoide: Placas fotosensibles que pueden dejar cicatrices, más común en áreas expuestas al sol. Liquen plano: Afecta la piel y las mucosas con pápulas pruriginosas planas y brillantes de color púrpura. Dermatitis de contacto: Suele presentar eritema y vesículas en áreas de contacto con alérgenos o irritantes. Pitiriasis rosada: Lesiones en forma de medallón que se presentan como parches escamosos de color rosa en el tronco. Sífilis secundaria: Puede causar lesiones cutáneas que se parecen a la psoriasis, especialmente en palmas y plantas. Definición La psoriasis es una enfermedad inflamatoria crónica y sistémica, mediada por el sistema inmunológico, que afecta principalmente la piel, pero también puede comprometer las uñas y las articulaciones (artritis psoriásica). Se caracteriza por la presencia de placas eritematosas bien delimitadas, cubiertas por escamas plateadas o blancas, que suelen afectar las superficies extensoras, el cuero cabelludo y otras áreas del cuerpo. Tiene un curso de brotes y remisiones y puede estar desencadenada por diversos factores como infecciones, estrés, trauma o ciertos medicamentos. Además, está asociada con un mayor riesgo de enfermedades sistémicas, como el síndrome metabólico, enfermedades cardiovasculares y trastornos psicológicos como la depresión y la ansiedad.
- Prurito vulvar
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo del Prurito vulvar El tratamiento del prurito vulvar depende de la identificación de la causa subyacente y el control de los síntomas. Las estrategias de manejo incluyen: Tratamiento de la causa subyacente: Infecciones vulvovaginales: Se deben tratar con antifúngicos en el caso de candidiasis (clotrimazol o fluconazol), o con antibióticos en casos de infecciones bacterianas (metronidazol para vaginosis bacteriana, o tinidazol para tricomoniasis). Dermatitis de contacto o irritativa: Se debe eliminar el agente desencadenante (productos perfumados, jabones o toallitas húmedas) y usar emolientes como sustitutos del jabón. Dermatitis alérgica: Se puede utilizar un corticoide tópico de baja potencia (hidrocortisona al 1%) durante 7-10 días para reducir la inflamación. Condiciones dermatológicas crónicas: Para lichen simplex o lichen sclerosus, el manejo incluye el uso de corticoides tópicos potentes (betametasona o clobetasol), y en casos severos, la referencia a un dermatólogo para tratamientos adicionales. Atrofia vulvovaginal: En mujeres posmenopáusicas, se recomienda el uso de terapia hormonal local con estrógenos tópicos. Medidas de autocuidado: Higiene adecuada: Se recomienda lavar la vulva una vez al día con agua y un emoliente, evitando el uso de jabón y productos perfumados. Secado cuidadoso: Secar la vulva suavemente con una toalla de algodón o con un secador de aire frío. Ropa y productos adecuados: Usar ropa interior de algodón y evitar prendas ajustadas o sintéticas. Evitar detergentes perfumados, suavizantes y papel higiénico con fragancia. Evitar el rascado: Mantener las uñas cortas y usar guantes de algodón por la noche para reducir el daño por rascado. Tratamiento sintomático: Se puede ofrecer un emoliente para calmar la irritación y restaurar la barrera cutánea. Corticoides tópicos de baja potencia (hidrocortisona al 1%) por un máximo de 7-10 días, si hay inflamación evidente. En casos de infección secundaria (bacteriana o fúngica), se puede usar una combinación de antifúngico/corticoide o antibacteriano/corticoide. Si el prurito afecta el sueño, se puede recetar un antihistamínico sedante (hidroxizina) o un antidepresivo tricíclico en dosis bajas (amitriptilina o doxepina). Seguimiento y derivación: Se debe referir a un dermatólogo o ginecólogo si los síntomas persisten después de las medidas iniciales o si se sospecha una condición pre-maligna como neoplasia intraepitelial vulvar. Si se sospecha carcinoma de vulva, se debe realizar una derivación urgente (dentro de las 2 semanas). Diagnóstico El diagnóstico de prurito vulvar comienza con una historia clínica detallada y un examen físico completo. Historia clínica: Localización, duración y patrones del prurito: El prurito localizado sugiere causas dermatológicas como dermatitis de contacto, mientras que un prurito generalizado podría estar asociado a causas sistémicas como anemia o insuficiencia renal. Factores desencadenantes: Es importante preguntar si el prurito se relaciona con la actividad sexual, el ciclo menstrual, el calor o la fricción, lo que podría sugerir una dermatitis de contacto o candidiasis. Síntomas asociados: El flujo vaginal puede indicar infecciones como candidiasis, vaginosis bacteriana o tricomoniasis. La presencia de dolor vulvar puede sugerir una condición más grave. Prácticas de higiene: Es esencial conocer los productos que usa la paciente para el cuidado vulvar, ya que los jabones y desodorantes perfumados pueden causar dermatitis. Medicamentos tópicos o sistémicos: Algunos medicamentos, como cremas antifúngicas o anticonceptivos de barrera, pueden irritar la piel vulvar. Historial médico: Antecedentes de enfermedades como diabetes mellitus (aumenta el riesgo de infecciones) o condiciones atópicas (como dermatitis atópica, rinitis alérgica) son importantes para considerar. Examen físico: Se debe realizar una inspección visual de la zona anogenital, observando en busca de eritema, lesiones, cambios en la pigmentación, erosiones o secreción vaginal. Si se sospechan infecciones, se puede tomar un frotis vaginal para confirmar la presencia de infección por Candida, vaginosis bacteriana o tricomoniasis. Examen del resto del cuerpo: Es útil examinar otras áreas de la piel (codos, rodillas, cuero cabelludo) en busca de signos de enfermedades dermatológicas como psoriasis o lichen planus. Investigaciones adicionales: Frotis vaginal para cultivo en caso de sospecha de infecciones vaginales. Análisis de sangre: Si se sospecha de condiciones sistémicas (anemia, alteraciones tiroideas o insuficiencia renal), se deben hacer análisis que incluyan hemograma completo, niveles de ferritina, función tiroidea y glucosa. Diagnóstico Diferencial El prurito vulvar puede ser causado por una variedad de condiciones, que incluyen: Dermatitis de contacto o irritativa: Se presenta con eritema, picazón y lichenificación si la irritación es crónica. Causada por productos como jabones, perfumes o productos de higiene. Infecciones vulvovaginales: Candidiasis: Prurito intenso con flujo vaginal blanco y espeso. Vaginosis bacteriana: Flujo vaginal maloliente, sin prurito intenso. Dermatosis crónicas: Psoriasis: Placas eritematosas con escamas, puede afectar otras áreas del cuerpo. Lichen sclerosus: Lesiones blanquecinas, arrugadas que pueden causar fragilidad de la piel y cicatrices. Condiciones pre-malignas o malignas: Neoplasia intraepitelial vulvar: Puede presentar lesiones pruriginosas y áreas blanquecinas o rojizas en la vulva. Atrofia vulvovaginal: En mujeres posmenopáusicas, se presenta con sequedad, adelgazamiento de la piel vulvar y picazón. Definición El prurito vulvar se define como una sensación de picazón en la vulva (incluyendo labios mayores, labios menores, clítoris, y la apertura de la vagina). Este síntoma es común a una amplia variedad de condiciones, que pueden ser dermatológicas, infecciosas, hormonales, neoplásicas o sistémicas. Aunque es poco frecuente, en algunos casos no se puede identificar una causa específica (prurito vulvar idiopático).
- Prurito anal
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo del Prurito anal El manejo del prurito anal varía dependiendo de si es primario (idiopático) o secundario a una causa identificada. Las estrategias incluyen: Tratamiento de la causa subyacente: Si se identifica una causa secundaria (como infecciones, hemorroides, fisuras anales, cáncer anal o colorrectal), es crucial tratarla de manera adecuada. Derivación urgente a un cirujano colorrectal a través del circuito de sospecha de cáncer (cita en 2 semanas) si se sospecha de cáncer anal o colorrectal. Derivación a un especialista (dermatólogo o cirujano colorrectal) si se sospecha una infección o enfermedad dermatológica que no puede manejarse en atención primaria. Medidas de autocuidado: Se aconsejan diversas medidas de autocuidado para aliviar los síntomas y prevenir el empeoramiento: Higiene perianal adecuada: Lavar el área con agua tibia después de cada evacuación y antes de acostarse, evitando frotar. Secar suavemente el área perianal con una toalla suave o con un secador de pelo en frío. Evitar productos perfumados, jabones agresivos o talco en la zona perianal. Usar ropa interior de algodón y evitar ropa ajustada que pueda retener humedad. Dieta adecuada: Evitar alimentos y bebidas que exacerben el prurito (café, alcohol, alimentos picantes, chocolate, productos lácteos). Aumentar el consumo de fibra en la dieta para prevenir el estreñimiento y asegurar que las heces sean regulares y formadas. Evitar el rascado: Mantener las uñas cortas y usar guantes de algodón por la noche para evitar daños en la piel durante el sueño. Tratamiento sintomático: Si la piel está excoriada, se pueden utilizar cremas calmantes o ungüentos que contengan óxido de zinc o subgalato de bismuto. Si la piel está inflamada, se puede aplicar un corticosteroide tópico de baja potencia (hidrocortisona al 1%) por no más de 7 días. En caso de prurito nocturno que interfiera con el sueño, se puede recetar un antihistamínico sedante como la clorfenamina. Seguimiento: Si los síntomas persisten a pesar de las medidas de autocuidado y el tratamiento sintomático después de 3 a 6 semanas, se deben realizar pruebas adicionales como hemograma, niveles de ferritina, HbA1c y pruebas de función tiroidea. Si no se encuentra una causa, se debe referir al paciente a un cirujano colorrectal para excluir una patología anorectal. Diagnóstico El diagnóstico de prurito anal se basa en una cuidadosa evaluación clínica, que incluye: Historia clínica: Preguntar sobre la duración y patrón del prurito, si es peor por la noche (posible infestación por oxiuros) o si está relacionado con ciertos alimentos o situaciones. Preguntar sobre síntomas acompañantes, como: Dolor perianal (sugiere fisuras o hemorroides). Sangrado rectal o secreción anal (puede ser indicativo de infecciones, hemorroides, cáncer colorrectal). Preguntar sobre la higiene personal y el uso de productos que puedan estar irritando la piel (jabones, perfumes, etc.). Examen físico: Se debe realizar un examen perianal en posición lateral para observar signos visibles de dermatitis, hemorroides, fisuras o infecciones. Un examen rectal digital es recomendable para descartar masas perianales o patología anorectal. Realizar un examen dermatológico más amplio si se sospechan condiciones cutáneas subyacentes. Diagnóstico Diferencial El diagnóstico diferencial del prurito anal incluye varias condiciones: Dermatitis de contacto o eccema atópico: Especialmente si el paciente ha estado en contacto con productos irritantes o perfumados. Infecciones: Bacterianas (estafilococo, estreptococo), virales (herpes, papilomavirus), fúngicas (candidiasis) o parasitarias (oxiuros, sarna). Hemorroides y fisuras anales: Acompañadas de dolor o sangrado durante las evacuaciones. Cáncer colorrectal: Puede presentarse con cambios en los hábitos intestinales y sangrado rectal. Enfermedades sistémicas: Como diabetes, enfermedad hepática, anemia o hipotiroidismo. Alergias alimentarias: Ciertos alimentos como el chocolate, café o productos lácteos pueden desencadenar el prurito. Definición El prurito anal es una condición caracterizada por picazón o ardor en la región perianal. No es una enfermedad en sí misma, sino un síntoma que puede tener múltiples causas. Se clasifica en: Prurito anal primario (idiopático):No se encuentra una causa subyacente específica y se considera funcional. Representa hasta el 90% de los casos y se relaciona con pequeñas fugas de materia fecal que irritan la piel perianal. Prurito anal secundario:Relacionado con diversas causas identificables, como infecciones, condiciones dermatológicas, hemorroides, fisuras anales, enfermedades sistémicas o factores psicológicos. El prurito anal es más común en hombres que en mujeres y afecta principalmente a personas entre los 40 y 60 años, aunque puede presentarse a cualquier edad.
- Prostatitis Crónica
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de la Prostatitis Crónica El manejo de la prostatitis crónica depende de la clasificación de la enfermedad y los síntomas del paciente, abarcando principalmente dos enfoques: tratamiento para prostatitis bacteriana crónica (PBC) y para síndrome de dolor pélvico crónico/prostatitis crónica (CP/CPPS). Prostatitis bacteriana crónica (PBC): Antibióticos: Se recomienda el tratamiento antibiótico prolongado, incluso mientras se espera la evaluación urológica. Las opciones incluyen: Trimetoprim: 200 mg dos veces al día durante 4-6 semanas. Doxiciclina: 100 mg dos veces al día durante 4-6 semanas. En algunos casos, la administración de antibióticos puede continuar hasta por 12 semanas si los síntomas persisten. Los pacientes deben ser referidos a un urólogo si no se observa mejoría después del tratamiento inicial. Síndrome de dolor pélvico crónico/prostatitis crónica (CP/CPPS): Alivio del dolor: El tratamiento de primera línea para el dolor incluye analgésicos como paracetamol y antiinflamatorios no esteroideos (AINEs). En caso de dolor neuropático, los medicamentos como gabapentina o pregabalina pueden ser considerados bajo la supervisión de un especialista. Alfa-bloqueantes: Si el paciente presenta síntomas urinarios significativos, como dificultad para orinar o flujo débil, se puede ofrecer un tratamiento de 4-6 semanas con un alfa-bloqueante como tamsulosina. Antibióticos: Aunque no siempre es efectivo en CP/CPPS, algunos pacientes pueden beneficiarse de un curso corto de antibióticos si los síntomas han estado presentes por menos de 6 meses. Fisioterapia del suelo pélvico: En casos de disfunción del suelo pélvico, esta intervención puede ser útil. Terapia psicológica: Dado que muchos pacientes con CP/CPPS presentan ansiedad o depresión, puede ser beneficioso ofrecer terapia cognitivo-conductual, así como el uso de antidepresivos en algunos casos. Acupuntura: Algunos estudios sugieren que la acupuntura puede ser una opción complementaria para aliviar los síntomas. Autocuidado y apoyo: Educación del paciente: Explicar la naturaleza crónica de la enfermedad, destacando que el tratamiento se centra en el manejo de los síntomas más que en una cura definitiva. Recursos en línea: Proporcionar información de sitios de apoyo como Prostate Cancer UK o la página del NHS. Seguimiento y derivación: Si los síntomas persisten o empeoran a pesar del tratamiento inicial, se debe referir al paciente a un urólogo para una evaluación más exhaustiva y posible tratamiento especializado. Diagnóstico El diagnóstico de la prostatitis crónica se realiza mediante la historia clínica detallada y la exclusión de otras afecciones. Los pasos clave para una evaluación diagnóstica son: Evaluación de los síntomas: Los pacientes con prostatitis crónica suelen presentar dolor en la región perineal, suprapúbica, rectal o testicular, a menudo acompañado de síntomas del tracto urinario inferior (como disuria, frecuencia urinaria, urgencia y flujo débil). Los síntomas sexuales como disfunción eréctil, eyaculación dolorosa y reducción de la libido son comunes, lo que afecta significativamente la calidad de vida. Examen físico: Se debe realizar una exploración abdominal para descartar otras causas de dolor abdominal. Examen digital rectal (DRE): Aunque el examen puede mostrar una próstata normal o agrandada, puede ser doloroso. No se recomienda el masaje prostático debido al riesgo de diseminación de bacterias en caso de infección. Pruebas complementarias: Análisis de orina: El análisis y cultivo de una muestra de orina son necesarios para detectar infecciones del tracto urinario. Esto es particularmente útil en pacientes con prostatitis bacteriana crónica. Pruebas de infecciones de transmisión sexual (ITS): En pacientes sexualmente activos, se recomienda hacer pruebas para gonorrea y clamidia mediante análisis de orina y cultivo de secreciones uretrales. Antígeno prostático específico (PSA): Aunque no es un marcador diagnóstico específico para prostatitis crónica, puede usarse para descartar cáncer de próstata en pacientes con factores de riesgo. Índice de síntomas de prostatitis crónica (NIH-CPSI): Esta herramienta autoadministrada evalúa la gravedad de los síntomas, dividiéndolos en tres categorías: dolor, síntomas urinarios e impacto en la calidad de vida. Diagnóstico Diferencial El diagnóstico diferencial incluye: Prostatitis aguda: A diferencia de la prostatitis crónica, la prostatitis aguda suele presentarse con fiebre alta y malestar general, y requiere manejo urgente. Hiperplasia prostática benigna (HPB): Los síntomas incluyen dificultad para orinar, pero sin el componente de dolor típico de la prostatitis. Cáncer de próstata: Los pacientes pueden presentar síntomas urinarios, pero a menudo se asocia con niveles elevados de PSA y nódulos palpables en la próstata. Infecciones del tracto urinario: Presentan síntomas urinarios como disuria y urgencia, pero sin el dolor perineal o testicular asociado con la prostatitis. Epididimitis: Inflamación del epidídimo con dolor escrotal que puede confundirse con prostatitis. Definición La prostatitis crónica se define como la presencia de dolor urogenital durante al menos 3 meses, localizado en áreas como el perineo, suprapúbico, testículos, pene o recto, a menudo acompañado de síntomas urinarios (disuria, urgencia, frecuencia) y sexuales (disfunción eréctil, dolor en la eyaculación). Se clasifica en dos tipos: Prostatitis bacteriana crónica (PBC): Menos del 10% de los casos y caracterizada por infecciones recurrentes del tracto urinario. Síndrome de dolor pélvico crónico/prostatitis crónica (CP/CPPS): Representa más del 90% de los casos y se caracteriza por la ausencia de infección bacteriana comprobada, siendo su causa multifactorial y difícil de tratar.
- Prostatitis Aguda
MANUAL DE EMERGENCIAS 2024 Manejo de la Prostatitis Aguda El tratamiento de la prostatitis aguda bacteriana debe ser inmediato debido a la gravedad potencial de la infección. Se detallan las pautas principales para su manejo: Tratamiento con antibióticos: Primera línea: Se recomienda el uso de antibióticos orales durante 14 días. Los fármacos de primera elección incluyen: Ciprofloxacino: 500 mg dos veces al día. Ofloxacino: 200 mg dos veces al día. Alternativas: Si estos antibióticos no son apropiados, se puede administrar: Trimetoprim: 200 mg dos veces al día. Segunda línea: En caso de resistencia bacteriana o fallo terapéutico, se puede optar por: Levofloxacino: 500 mg una vez al día. Co-trimoxazol: 960 mg dos veces al día. Se debe usar solo si hay evidencia bacteriológica de sensibilidad y razones justificadas para su preferencia. Analgésicos y manejo del dolor: Analgésicos comunes: Se recomienda el uso de paracetamol o ibuprofeno para el alivio del dolor. En caso de dolor más intenso, se pueden usar opioides débiles como la codeína en combinación con paracetamol. Hidratación: Es importante que el paciente beba suficiente líquido para evitar la deshidratación. Seguimiento clínico: Revisión a las 48 horas: Se debe realizar una revisión clínica a los dos días del inicio del tratamiento para evaluar la respuesta a los antibióticos y verificar los resultados de los cultivos de orina. Ajuste del tratamiento: Si no se observa mejoría, se debe ajustar el tratamiento antibiótico según los resultados de sensibilidad bacteriana. En algunos casos, puede ser necesaria la hospitalización. Seguimiento del tratamiento: Si los síntomas persisten o no mejoran tras 14 días, el tratamiento antibiótico puede extenderse hasta un máximo de 6 semanas. Hospitalización: El ingreso hospitalario es necesario en los casos en los que el paciente: No puede tomar antibióticos orales. Presenta síntomas graves. Muestra signos de complicaciones como sepsis, retención urinaria aguda o absceso prostático. Además, los pacientes con condiciones preexistentes, como inmunosupresión, diabetes o patologías urológicas, deben ser considerados para ingreso hospitalario. Educación del paciente: Curso de la enfermedad: Se debe informar al paciente sobre la duración esperada de la prostatitis aguda (hasta 6 semanas en algunos casos) y los posibles efectos adversos de los medicamentos, especialmente los asociados con el uso de fluoroquinolonas. Señales de advertencia: Se debe instruir al paciente para que busque atención médica urgente si los síntomas empeoran, no mejoran en 48 horas o si experimenta fiebre alta o signos de sepsis. Prevención de recurrencias: Una vez que el paciente se haya recuperado, se le debe referir a un especialista para realizar estudios que identifiquen posibles anomalías estructurales del tracto urinario, como hipertrofia prostática o malformaciones, que podrían predisponer a nuevas infecciones. Diagnóstico El diagnóstico de la prostatitis aguda bacteriana se basa en la presentación clínica y pruebas de laboratorio, buscando descartar otras posibles afecciones. Los pasos incluyen: Historia clínica y síntomas clave: Infección urinaria: Los síntomas urinarios típicos incluyen disuria (dolor al orinar), urgencia y frecuencia urinaria. Síntomas prostáticos: Los pacientes pueden presentar dolor en el periné, pene o recto, retención urinaria aguda, síntomas obstructivos urinarios, dolor lumbar o al eyacular. Durante el examen rectal digital (DRE), la próstata puede estar inflamada, sensible y caliente. Bacteriemia: Escalofríos, fiebre, taquicardia, mialgias o artralgias pueden ser signos de infección diseminada. Exámenes de laboratorio y físicos: Muestra de orina (MSU): Se debe recolectar una muestra de orina para confirmar la infección mediante análisis de tira reactiva, cultivo y pruebas de sensibilidad. No se recomienda la recolección de secreciones prostáticas debido al riesgo de sepsis y al dolor intenso. Cultivos de sangre y análisis de sangre completos: Para detectar la posible presencia de bacteriemia. Examen físico: Incluye la palpación del abdomen para detectar una posible distensión vesical, sensibilidad en el ángulo costovertebral, examen genital y un examen rectal digital (DRE). Pruebas para infecciones de transmisión sexual (ITS): Se deben considerar en pacientes de alto riesgo. Exclusión de otras patologías: Se deben descartar condiciones como hiperplasia prostática benigna (HPB), infecciones urinarias simples, epididimo-orquitis, cáncer de próstata o vejiga, o cáncer colorrectal, que pueden presentar síntomas similares a la prostatitis aguda. Diagnóstico Diferencial El diagnóstico diferencial incluye una serie de patologías que pueden mimetizar los síntomas de la prostatitis aguda: Hiperplasia prostática benigna (HPB): Se caracteriza por un flujo urinario reducido de forma gradual, con frecuencia, urgencia, nocturia y retención urinaria. Puede coexistir con infecciones del tracto urinario. Prostatitis crónica: Se debe sospechar si los síntomas persisten por varias semanas o meses. Infección urinaria (ITU): Suele cursar sin síntomas obstructivos a menos que coexistan con HPB o cáncer prostático. Epididimo-orquitis: Inflamación del escroto, testículo o epidídimo junto con síntomas urinarios puede sugerir esta afección. Cáncer de próstata: Aunque comparte síntomas con la prostatitis, los niveles elevados de PSA pueden ser indicativos de malignidad prostática. Cáncer vesical o colorrectal: La hematuria y cambios en los hábitos intestinales pueden ser signos de cáncer vesical o colorrectal, respectivamente. Definición La prostatitis aguda bacteriana es una infección bacteriana grave y potencialmente mortal de la próstata. Se acompaña de infección del tracto urinario, siendo los patógenos más comunes Escherichia coli , Pseudomonas aeruginosa , Klebsiella , Enterococcus y Proteus . La infección suele ocurrir tras procedimientos uretrales, traumatismos, obstrucción del flujo urinario o diseminación de una infección desde otras partes del cuerpo. Es una condición rara pero importante, que representa alrededor del 10% de los diagnósticos de prostatitis .
